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La vida que venció al tiempo, a la enfermedad, al miedo, gracias a la generosidad de una hermana

  • Foto del escritor: Tatty Umaña G
    Tatty Umaña G
  • 19 mar
  • 4 Min. de lectura

Hay momentos en el que sientes que el cuerpo se apaga y es ahí don de el apoyo de familia es crucial, se convierte en fuerza, pero cuando además hay un acto absoluto de amor como el de donar una parte de ti, de manera consciente, de seder, literalmente, un pedazo de ti en vida, para sanar a otro, es cuando entiendes que el amor todo lo puede, todo lo da.


A finales de 2003, la vida de Luis Antonio Hernández Rodríguez empezó a transformarse de manera silenciosa pero implacable; su cuerpo dejó de responderle, el cansancio se volvió constante y su piel, antes llena de vitalidad, comenzó a tornarse pálida, con un tono terroso que encendía todas las alarmas.


Nada parecía tener sentido, especialmente porque sus hábitos eran saludables; sin embargo, la enfermedad avanzaba sin pedir permiso. En medio de ese escenario incierto, sus hijos, aún sin comprender del todo lo que ocurría, permanecían a su lado, acompañándolo con una presencia que, sin saberlo, se convertía en su mayor razón para resistir. Luis no podía rendirse; tenía que vivir, tenía que seguir por ellos.


El diagnóstico que golpea, pero también abre un camino


Tras múltiples exámenes, demoras y obstáculos propios del sistema, llegó el diagnóstico que cambiaría su historia: insuficiencia renal crónica avanzada en un 75 por ciento.


El impacto fue devastador; sin embargo, no todo estaba perdido. En ese momento apareció una figura clave en su camino, el doctor Guiovanetty, quien no solo confirmó la gravedad de su estado sino que, con humanidad y firmeza, le ofreció una ruta clara: un trasplante en un máximo de tres meses.


Pero fue en medio del miedo, de la terrible incertidumbre, que nació la esperanza.


Una decisión de amor que le devolvió la vida


La respuesta llegó desde el lugar más íntimo: su familia. En medio del dolor compartido, su hermana mayor, María Cristina Hernández, tomó una decisión que marcaría un antes y un después; sin dudarlo, se ofreció a donarle un riñón para salvar su vida.


Aquel gesto no solo fue un acto médico, fue un acto de amor profundo, de esos que redefinen el significado de la palabra familia.


El 21 de julio de 2004, Luis Antonio fue trasplantado, rodeado del respaldo de sus seres queridos, de amigos que nunca se apartaron y del recuerdo de quienes ya no estaban físicamente, pero seguían presentes en su historia. Ese día no solo recibió un órgano; recibió una segunda oportunidad.


Correr para agradecer, vivir para honrar


Lejos de quedarse en la recuperación, Luis decidió transformar su nueva vida en un homenaje permanente; un año después del trasplante, se enfrentó a su primer reto deportivo al correr 10 kilómetros en la Maratón de Bogotá.


No fue una carrera cualquiera; fue un acto de gratitud. Mientras avanzaba, su familia se distribuía a lo largo del recorrido, vigilante, temerosa de que algo pudiera suceder; él, en cambio, estaba preparado, entrenado y profundamente decidido a demostrar que la vida que le habían regalado valía cada esfuerzo.


A partir de ese momento, las competencias se multiplicaron: carreras de 5, 10, 15 y 21 kilómetros; experiencias que no solo fortalecieron su cuerpo, sino también su espíritu. Uno de los momentos más significativos llegó en el Ironman de Cartagena, donde participó en relevos, y más adelante, al representar a Colombia en los Juegos Latinoamericanos en Salta, Argentina, donde obtuvo una medalla de plata en los 400 metros pista.


Cada logro era un mensaje claro: sobrevivir no era suficiente, había que vivir con sentido.



Las pruebas que casi lo detienen, pero no lo vencen


La vida, sin embargo, volvió a ponerlo a prueba. Antes de uno de sus mayores logros, una cirugía por cálculos en la vesícula derivó en una complicación grave; un procedimiento médico comprometió una arteria y estuvo a punto de desangrarlo.


Contra todo pronóstico, sobrevivió.

Años después, los efectos de los medicamentos inmunosupresores y la exposición constante al sol durante entrenamientos y competencias pasaron factura; en 2023 fue diagnosticado con un carcinoma escamocelular que requirió múltiples radioterapias y, en 2024, enfrentó una histoplasmosis que lo mantuvo hospitalizado durante 22 días, debilitando no solo su cuerpo, sino también su ánimo.


Hubo momentos en los que seguir parecía imposible; momentos en los que el cansancio emocional pesaba tanto como la enfermedad.


El regreso a los sueños, con la camiseta de Colombia en el horizonte


Pero Luis Antonio ha aprendido a reconstruirse, incluso en los momentos más oscuros. Cuando parecía que las fuerzas no alcanzaban, apareció una nueva oportunidad; una que conectaba con su historia, con su disciplina y con su pasión de siempre: el deporte.


La posibilidad de integrar la primera selección de fútbol de trasplantados de Colombia llegó como un impulso inesperado, una razón para levantarse, entrenar y volver a creer. Aunque el proceso físico ha sido exigente y aún se encuentra en recuperación, su determinación permanece intacta.


Hoy, Luis no solo aspira a vestir la camiseta del país; aspira a representar todo lo que su historia significa: resiliencia, fe y una voluntad inquebrantable.


Porque su vida no se define por la enfermedad, sino por la forma en que decidió enfrentarla; no es solo la historia de un trasplante, es la historia de un hombre que convirtió cada caída en impulso y cada dificultad en una nueva oportunidad para seguir adelante.


Las historias de Manuel Ramírez, Juan Sebastián Garzón Ramírez, Germán Penilla, Camilo Cardozo, Luis Alberto Calderón, Edwin Castaño, Johan Molina y el resto de jugadores, son prueba de ello y llevan en el corazón la ilusión de traer la Copa Mundial para Colombia.


Cómo apoyar esta causa


Directora ACODET:

Dra. Alejandra Martín

📞 311 232 2688


Coordinador ACODET:

Germán Penilla

📞 316 869 2982


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