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La democracia que se desarma desde adentro

  • Foto del escritor: Tatty Umaña G
    Tatty Umaña G
  • hace 2 horas
  • 4 Min. de lectura

José Mauricio Gaona Bejarano, abogado bogotano de 47 años, ha construido una trayectoria que combina el ejercicio público, la academia y el análisis jurídico de alto nivel. Su paso por instituciones clave como la Fiscalía General de la Nación en 2022, el Consejo de Estado y la Contraloría General le ha permitido conocer desde adentro el funcionamiento del Estado colombiano, mientras que su formación en la Universidad Externado ha sido la base de una carrera marcada por el rigor constitucional.


A ese recorrido institucional se suma una sólida proyección internacional. Becario Oppenheimer en Norteamérica, Gaona cuenta con maestrías en derecho constitucional de la Unión Europea en la Sorbona de París (Assas) y en derecho internacional en la Universidad de California (UCLA), además de un doctorado en derechos humanos con doble residencia en McGill y Harvard. Profesor universitario en Estados Unidos desde 2001 y columnista en distintos medios, su voz se ha posicionado como una de las más estructuradas en el debate sobre democracia, ley y orden constitucional.


Cuando la ley deja de ser límite y se convierte en herramienta de poder, la Constitución deja de proteger y empieza a justificar.


La nueva cara del autoritarismo


La advertencia no es menor. El jurista Mauricio Gaona plantea un giro inquietante en la historia política contemporánea: las dictaduras ya no llegan en tanques, sino en decretos. Ya no irrumpen con golpes de Estado, sino que se construyen paso a paso, utilizando el lenguaje de la legalidad.


Es lo que denomina la “amalgama democrática”. Un fenómeno donde las instituciones no se destruyen, se usan. Donde la Constitución no se rompe, se interpreta. Donde la ley no se viola, se moldea.


El resultado es más sofisticado que las viejas dictaduras del siglo XX. Y, por lo mismo, más difícil de detectar.


El poder que se legaliza a sí mismo


El patrón es claro y se repite. Primero, el control institucional. Los gobiernos consolidan poder a través de nombramientos estratégicos en cortes, tribunales y organismos electorales. Luego, el presupuesto se convierte en herramienta de lealtad, después viene el silencio.


La prensa independiente comienza a ser señalada, debilitada o asfixiada. No es casual. Es estructural. Como advierte Gaona, es la última voz antes de que una democracia deje de serlo.

Y en paralelo, ocurre algo aún más profundo: se reescribe la historia. Se reorganizan los relatos colectivos. Se invierten los papeles. Víctimas convertidas en victimarios, responsables transformados en héroes.


Quien controla la narrativa, controla la percepción. Y quien controla la percepción, condiciona el futuro.


Lecciones que América Latina no puede ignorar


Los ejemplos no son teóricos, son reales:

  • Venezuela utilizó una asamblea constituyente para desplazar el equilibrio institucional y concentrar el poder.

  • Nicaragua y Honduras reinterpretaron sus cortes para habilitar reelecciones indefinidas.

  • Rusia legisló contra la disidencia bajo el argumento de combatir “noticias falsas”.


En todos los casos, el guion es el mismo: la legalidad como fachada, el poder como objetivo.

Colombia en la línea de tensión


El análisis no se queda en lo externo. Colombia aparece como un terreno en disputa institucional, las alertas no son sobre hechos aislados, sino sobre tendencias. La idea de que el Ejecutivo pueda ubicarse por encima de los equilibrios tradicionales. La tentación de acudir a mecanismos extraordinarios sin los contrapesos necesarios.


El discurso que sugiere que la Constitución “ya no sirve” cuando se convierte en obstáculo. Ahí está el punto crítico: cuando la norma deja de ser un límite y se convierte en un estorbo, el riesgo no es jurídico, es democrático.


La Constitución como última frontera


Frente a este panorama, la defensa no es abstracta, es concreta, la Constitución sigue siendo la “norma de normas”. Y dentro de ella existen herramientas reales: la acción de inconstitucionalidad, la tutela, la obligación de los funcionarios de no ejecutar actos abiertamente contrarios al orden jurídico.


Pero ninguna norma se sostiene sola, sin independencia judicial, sin prensa libre y sin ciudadanos críticos, la arquitectura institucional se vuelve frágil. No porque falle en el papel, sino porque pierde fuerza en la práctica.


El error que se repite: la fragmentación


Uno de los llamados más duros de Gaona apunta a la oposición política. La fragmentación no es solo un problema electoral. Es un riesgo estructural, cuando hay demasiadas voces compitiendo, el mensaje se diluye. Y cuando el mensaje se diluye, el poder se concentra.


La historia reciente de la región ya mostró lo que ocurre cuando las alternativas no logran articularse a tiempo.


La responsabilidad que no se delega

Pero el fondo del mensaje no está en los líderes. Está en los ciudadanos, no hay democracia sólida con votantes emocionales y desinformados. No hay institucionalidad que resista si la sociedad renuncia a pensar críticamente. No hay Constitución que se defienda sola.


La integridad moral, más que un ideal, aparece como una condición. Porque al final, las leyes no se aplican por sí mismas. Dependen de quienes las interpretan, las ejecutan y las respetan.


Defender la democracia antes de perderla

La advertencia es incómoda, pero necesaria, las democracias no suelen caer de un día para otro, se erosionan, ajustan, reinterpretam, se transforman lentamente hasta que dejan de ser lo que eran, aunque conserven el mismo nombre.


Defender la Constitución no es un acto jurídico. Es un ejercicio permanente de vigilancia, memoria y criterio, porque cuando la ley deja de proteger a los ciudadanos y empieza a proteger al poder, el problema ya no es político, es estructural.



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1 comentario

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juan gabriel murcia garzon
hace 2 horas
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como se nota que el señor es de una clara declaración de ultraderecha.

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