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Estamos atravesando épocas turbulentas recurrir a la oración promulgada por el Papa León XIII en 1886 es importante

  • Foto del escritor: Tatty Umaña G
    Tatty Umaña G
  • 6 abr
  • 3 Min. de lectura

Acabamos de vivir una Semana Santa en la que revivimos escenarios del siglo pasado, bombas, militares asesinados, secuestros, crísis institucional, cosas que según promesas, no volverían a pasar porque llegaba "el cambio", pero que por el contrario agudizó la inseguridad, el narcotráfico, la corrupción, entre muchas otras cosas y es momento de recurrir a la fe.


La oración que nació del combate invisible


Cuando León XIII sintió que el siglo XX ya estaba en disputa. Hay momentos en la historia que no se escriben con tinta, sino con estremecimientos. Instantes en los que lo invisible parece irrumpir con tal fuerza que obliga a reaccionar.


Uno de ellos, según la tradición, ocurrió el 13 de octubre de 1884, cuando el papa León XIII habría presenciado una visión que lo dejó marcado para siempre.


No fue un discurso, ni una encíclica, ni una estrategia política. Fue una respuesta espiritual. Una oración.


Una visión que sacudió el alma de la Iglesia


El día en que el mal pidió tiempo. Los relatos coinciden en algo esencial, el Papa, tras celebrar la misa, quedó en silencio profundo, como suspendido en otra realidad. Lo que habría escuchado no era humano, una conversación inquietante en la que Satanás desafiaba a Dios, asegurando que podía destruir la Iglesia si se le concedía tiempo y poder, una cifra simbólica que muchos repiten, cien años.


Más allá de la literalidad, el impacto fue real. El contexto no ayudaba. Finales del siglo XIX, una Iglesia enfrentada a cambios sociales, tensiones políticas y corrientes ideológicas que cuestionaban su lugar en el mundo y la respuesta de León XIII no fue el miedo, fue la acción espiritual.


Una oración como escudo


El nacimiento de una súplica extraordinaria, tras aquella experiencia, el Papa se retiró a escribir, no un documento doctrinal, sino una invocación directa, intensa, poco común en la liturgia romana.


En 1886 ordenó que se rezara al final de cada misa. No era una oración cualquiera, tenía un tono casi de exorcismo, una súplica de protección frente a fuerzas que, según su percepción, amenazaban al mundo y a la Iglesia.


Históricamente, esta decisión se dio en un tiempo donde incluso se hablaba de influencias como la masonería y otras corrientes que el Vaticano veía con preocupación. La oración se convirtió en un acto colectivo, el pueblo rezando junto a la Iglesia, en su propia lengua, como una barrera espiritual compartida.


Cuando la fe se vuelve resistencia


El eco de una advertencia para el siglo XX, León XIII insistió en algo más amplio, no bastaba una oración aislada. En sus encíclicas promovió con fuerza el rezo del Rosario como herramienta espiritual frente a los desafíos que intuía para el futuro.


Décadas después, otros papas como Pío XI y Pío XII mantuvieron el espíritu de estas súplicas, incluso orientándolas hacia intenciones concretas como la situación de Rusia.


La oración a San Miguel no fue un episodio aislado, fue el síntoma de una Iglesia que percibía que la batalla no solo era visible.


La oración que cruzó generaciones y que debemos recuperar


A continuación, la oración tal como ha sido transmitida, sin modificaciones, tal como solicitaste:

Oración a San Miguel Arcángel del papa León XIII
San Miguel Arcángel, defiéndenos en el combate contra las maldades e insidias del demonio. Se nuestra ayuda, te rogamos suplicantes. ¡Que el Señor nos lo conceda! Y tú, príncipe de las milicias celestiales, con el poder que te viene de Dios arroja en el infierno a Satanás y a los otros espíritus malignos que ambulan por el mundo para la perdición de las almas.

Más allá de la leyenda


Entre la historia, la fe y la interpretación. No hay prueba documental definitiva de que la visión haya ocurrido exactamente como se narra. Pero tampoco puede ignorarse su efecto. La oración existió, se institucionalizó y marcó una época.


Ahí está el punto clave, más que comprobar la visión, lo relevante es entender lo que revela, una Iglesia que, frente a la incertidumbre, eligió responder desde la espiritualidad colectiva.


En tiempos donde lo visible domina la conversación, esta historia recuerda algo incómodo y poderoso, que muchas de las batallas más profundas no se ven, pero se sienten. Y que, para millones, aún se rezan.

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