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EDITORIAL by Tatty Umaña Cárceles que transforman

  • Foto del escritor: Tatty Umaña G
    Tatty Umaña G
  • 6 abr
  • 4 Min. de lectura

Llevo años escuchando, leyendo y viendo como el tema del hacinamiento en cárceles es recurrente y está idea nació en mi hace muchos años, pero creo que nunca la había compartido abiertamente, pero justo viendo lo que hace Bukele con las Maras y el cambio de gobierno en Colombia, que debe ser ejemplarizante, ya que para mí concepto el actual dio rienda suelta al incremento de la criminalidad y quién llegué, que no puede ser continuidad de lo mismo, tiene un reto inmenso y el sistema penitenciario es uno de ellos.


Del encierro estéril a la reinvención humana


En Colombia y en la gran mayoría de cárceles, hablando tan solo de América Latina, el castigo no transforma, ratifica que delinquir paga, el condenado llega a una cárcel a vegetar, en la mayoría de los casos, pero no por decisión propia, es simplemente que el sistema es así.


En Colombia seguimos atrapados en una idea de prisión que castiga, pero no corrige. Espacios donde el tiempo se diluye, la dignidad se marchita y las oportunidades de cambio son prácticamente inexistentes. Lugares donde miles de personas no están siendo preparadas para volver a la sociedad, sino para reincidir en ella con más rabia, más frustración y, muchas veces, más habilidades para delinquir.


La pregunta es incómoda pero necesaria, ¿qué estamos haciendo realmente con quienes pierden su libertad? Hoy, las cárceles parecen más bodegas humanas que centros de transformación. Se sobrevive, se espera, se resiste. Pero rara vez se construye algo nuevo.


Energía que nace del esfuerzo


En ese vacío es donde nacen propuestas que, lejos de ser utópicas, podrían redefinir el sentido mismo del sistema penitenciario.


La primera es convertir el ejercicio en energía. No se trata solo de instalar gimnasios, sino de pensar en bicicletas con dinamos o equipos que generen electricidad. El impacto sería doble, por un lado, mejorar la salud física y mental de las personas privadas de la libertad, por otro, aportar a la sostenibilidad energética de los centros penitenciarios.


Cada pedalazo no solo fortalece el cuerpo, también reduce costos, genera propósito y rompe la inercia del encierro.


Sembrar para reconstruirse


La segunda apuesta es sembrar vida en medio del concreto. Las huertas dentro de las cárceles no son una novedad en el mundo, pero siguen siendo una deuda en muchos contextos.


Cultivar alimentos no solo ayuda a abastecer parte de la alimentación diaria, también conecta a las personas con procesos de disciplina, paciencia y responsabilidad. Sembrar, cuidar y cosechar tiene un valor simbólico enorme, es aprender que todo proceso requiere tiempo, que los resultados llegan con constancia y que sí es posible construir algo distinto.


El tiempo como herramienta de orden


La tercera propuesta toca una de las heridas más profundas del sistema, el hacinamiento, implementar turnos organizados no es una solución mágica, pero sí una estrategia inteligente, si se distribuyen los tiempos entre descanso, trabajo, estudio y recreación, no solo se optimiza el uso del espacio físico, también se estructura la vida cotidiana. Una cama puede servir a más de una persona en distintos momentos del día, mientras otros están ocupados en actividades productivas o formativas.


Esto no significa imponer jornadas extenuantes ni convertir las cárceles en fábricas. Todo lo contrario, se trata de equilibrar el tiempo para que haya espacio para aprender, para trabajar, para compartir y también para descansar.


Más que encierro, una oportunidad


Porque el verdadero problema de fondo no es solo la falta de infraestructura o recursos, es la ausencia de un propósito claro. Hoy, muchas cárceles en Colombia funcionan como lugares donde se aprende a sobrevivir, pero no a vivir mejor. Donde se adquieren hábitos, sí, pero en la dirección equivocada.


Cuando el ser humano no tiene en qué ocupar su mente, su cuerpo y su espíritu, termina consumido por el abandono interior. Y ese abandono es terreno fértil para el resentimiento, el facilismo y la violencia.


Hablar de gimnasios que generan energía, de huertas productivas y de turnos organizados no es romantizar la cárcel, es entender que el castigo sin transformación es simplemente una pausa antes del próximo error.


Si el sistema penitenciario no cambia, la historia se repetirá una y otra vez. Pero si decidimos apostar por espacios que formen, que exijan y que dignifiquen, entonces tal vez dejemos de construir cárceles y empecemos, por fin, a construir segundas oportunidades.


El estudio la gran herramienta actual


Ejemplos como el de la Uniminuto inspiran, dragoniantes y privados de la libertad se convierten en profesionales, quizá muchos de ellos nunca hubieran tenido la oportunidad de estudiar y ser profesionales de no ser por su paso por una cárcel y parte de esta Editorial nace de charlas con un privado de la libertad que estudia y está próximo a graduarse.


Pero es que quienes estudian lo hacen no solo por rebaja de pena, sino porque en su ser aún el delito no es su única forma de ver la vida, no es obligatorio estudiar, no es un opción para todos, así que crear hábitos nuevos incentivaría a muchos y les abriría una nueva percepción de si mismos, son mucho más que delicuentes pagando una pena.


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