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Cuando la tierra hable en Ibagué, ¿qué habrá en tu morral?

Foto del escritor: Tatty Umaña G
Tatty Umaña G
28 sept
5 min de lectura

Hay conversaciones que las familias aplazan porque incomodan, y una de las más difíciles es la de qué haríamos si mañana la tierra se moviera con fuerza y no hubiera nadie a quien llamar.



En Ibagué, una ciudad que despierta cada día a los pies del Nevado del Tolima y sobre un suelo atravesado por fallas geológicas, esa conversación deja de ser un ejercicio de imaginación para convertirse en una responsabilidad. Así lo plantea Camp Aventura, un campo escuela de supervivencia que ha resumido en dos plegables lo que cree que todo hogar tolimense debería tener a la mano.


Una ciudad construida sobre grietas


Según el material del campo escuela, Ibagué está cruzada por varias fallas, y la más destacada es la que lleva el nombre de la propia ciudad. A ella se suman las de Chapetón, Pericos, Doima, Armenia, Buenos Aires y Martinica, un mapa de nombres que a muchos ibaguereños les suena a barrios o veredas y que en realidad describe las líneas por donde el territorio puede desperezarse. No se trata de sembrar miedo, sino de entender que vivir aquí implica convivir con un riesgo que no se ve, pero que existe.


Por eso el mensaje que abre uno de los plegables, escrito en letras rojas, suena casi a consigna: la mejor opción es ser autodidactas para llegar a ser autosuficientes. Detrás de esa frase hay una advertencia que incomoda y que conviene leer despacio, la de que ningún gobierno ni organismo de socorro tiene la capacidad de atender de inmediato a todos en una emergencia grande. Los rescatistas también son personas, también viven en la ciudad afectada y también necesitan tiempo para llegar. En esas primeras horas, las que definen tanto, lo que salve a una familia será lo que ella misma haya preparado.




El morral de las 72 horas


La propuesta más práctica del campo escuela es el morral de emergencia para las primeras 72 horas, personalizado por familia. La idea es sencilla y se puede armar sin gastar una fortuna, aunque exige constancia y revisión periódica. Adentro caben un botiquín de primeros auxilios, un radio de pilas con repuestos, un celular de repuesto y un filtro para agua portátil, cosas que en una noche sin luz valen más que cualquier lujo.


También van los alimentos enlatados no perecederos, las medicinas de uso habitual, los artículos de higiene personal y el alimento para las mascotas, ese detalle que muchas veces se olvida y que a los ojos de un niño puede ser lo más importante del morral. Completan la lista un encendedor o cerillos y velas, un silbato y una linterna frontal por persona, y una mascarilla con careta respiratoria para cada quien, además de cordino, alicate multiuso, cuchillo de monte y una manta térmica por integrante de la familia.


Hay dos elementos que hablan del lado más humano de la preparación. El primero es una manilla de identificación, útil cuando alguien queda separado de los suyos, y el segundo es una memoria USB con los documentos de la familia, junto con una copia de las llaves de la casa y del carro. Nadie quiere pensar en perderlo todo, pero quien ha vivido una emergencia sabe que recuperar un papel importante puede ahorrar meses de trámites.


La regla de los tres


Para explicar por qué el agua y el aire pesan tanto en cualquier plan de emergencia, el campo escuela recurre a una regla que se enseña en los cursos de supervivencia: tres minutos sin aire, tres días sin agua y tres semanas sin comida. Es una jerarquía de urgencias que ordena las prioridades cuando la cabeza está nublada por el susto. Primero respirar, después hidratarse y solo al final alimentarse, y de ahí que la mascarilla y el agua filtrada aparezcan tan arriba en las listas.


Alrededor de esa lógica, Camp Aventura propone lo que llama el código de búsqueda y supervivencia en tríada, tres roles que se reparten las tareas de una emergencia. El proveedor se encarga del alimento y el agua, el facilitador del refugio y el fuego, y el protector del botiquín y del equipo técnico. Vista así, la supervivencia deja de ser una hazaña individual y se parece más a lo que ocurre en una familia cuando cada quien asume una parte, con los niños incluidos según su edad.


Del morral al kit del hogar


El segundo plegable amplía la mirada hacia el hogar. Allí aparece un kit de emergencia más robusto, pensado para quienes quedarían atrapados o tendrían que ayudar a otros: agua filtrada y agua corriente almacenada en canecas, alimentos no perecederos, un equipo de oxígeno portátil, una camilla rígida, un desfibrilador y un extintor multipropósito. Se suman herramientas como el gato hidráulico, la zarpa de gato, la barra de acero, la maceta, el cincel, la segueta, la pala táctica y el machete, además de cascos, guantes de cuero, arnés, cuerda multifuncional, un plástico para refugio y una estufa de leña.


Es una lista exigente que difícilmente cabrá completa en todas las casas, y el propio campo escuela lo sabe, por eso insiste en la capacitación. Ofrece formación en supervivencia urbana que incluye construcción de refugios, evacuación de edificios, camillaje, transporte de heridos y manejo de cuerdas. La lógica es que de poco sirve tener una herramienta si nadie sabe usarla bajo presión. Entre los elementos también figura dinero en billetes de baja denominación, porque en un desastre los cajeros dejan de funcionar y nadie tiene cambio para un billete grande. Y en el capítulo de la lectura, junto al manual de supervivencia y el de primeros auxilios, el plegable incluye la Biblia, una señal de que para sus autores la preparación también tiene una dimensión de calma y fe.


Lo que esta conversación nos deja


El plegable menciona además la figura del primer respondiente, definida como la persona que llega primero a un lugar de emergencia. La idea tiene una fuerza silenciosa, porque recuerda que, antes de que lleguen las ambulancias y los bomberos, alguien tiene que hacer algo, y ese alguien suele ser un vecino, un familiar o cualquiera de nosotros.


Prepararse no es un acto de pesimismo, es una forma de cuidado. Un morral guardado en el armario, una linterna con pilas nuevas, un punto de encuentro acordado con la familia y un par de horas de capacitación son gestos pequeños que, llegado el momento, pueden marcar la diferencia entre el desconcierto y la acción. Ibagué ha demostrado muchas veces que sabe ser solidaria cuando la necesidad aprieta, y quizás la mejor forma de honrar esa solidaridad sea llegar a la emergencia con las manos y la cabeza listas.


Esta semana vale la pena sentarse a la mesa con los tuyos, abrir un cajón y empezar con lo más simple: revisar qué tienes, qué te falta y quién hará qué. Nadie sabe cuándo se moverá la tierra, pero todos podemos decidir cómo nos encontrará.

 
 
 

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