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Cuando el techo es de guadua y el vecino es la familia

Foto del escritor: Tatty Umaña G
Tatty Umaña G
29 sept
4 min de lectura

Hoy, tras el terremoto del 10 de agosto de 2026 que sacudió al Chocó, el Valle del Cauca, el Quindío, Risaralda y Caldas, un arquitecto decidió que su experiencia no podía quedarse guardada y envió una propuesta a la Presidencia de la República.





Un arquitecto que ya estuvo en la trinchera


Germán Hernández Rueda no escribe desde el escritorio de quien imagina una tragedia. Escribe desde la memoria de quien caminó entre las ruinas de Armenia después del sismo de 1999 y ayudó a levantar, con sus propias manos y su lápiz, varios de los albergues temporales que albergaron a miles de familias


Su punto de partida es una verdad incómoda que Colombia conoce bien: reconstruir toma tiempo. Según recuerda a partir de lo ocurrido en el Eje Cafetero, la entrega de las viviendas definitivas puede tardar entre dos y cuatro años, el lapso que exigen los lotes, los diseños, los permisos y la construcción misma. Durante todo ese tiempo, las familias que lo perdieron todo terminan en carpas, en arriendos improvisados, en inquilinatos o en casas de vecinos, donde, como él lo describe, apenas "permanecen", sin recuperar el sentido de pertenencia ni las condiciones mínimas de la vida cotidiana.


Un barrio pequeño hecho de guadua


Frente a esa espera, el arquitecto propone un albergue pensado para 40 familias, levantado en guadua y sus derivados: cepas para la estructura, esterilla para los muros divisorios, tabla de formaleta para fachadas y entrepisos, cemento en el primer piso y cubierta en teja termoacústica. Hasta las escaleras, las puertas y las ventanas saldrían de esa misma planta, tan arraigada en la cultura constructiva del Eje Cafetero. La elección responde a la rapidez, a la estabilidad y a una condición esencial del proyecto, que todo pueda desmontarse cuando llegue la vivienda definitiva.


El diseño tiene algo de aldea. Las unidades privadas, de 15 metros cuadrados cada una, se distribuyen en dos pisos y en hileras de diez, enfrentadas y separadas por un espacio central libre donde los niños puedan jugar. En un extremo del primer piso están los baños, las cocinas comunitarias, los lavaderos y las zonas de secado, y arriba, un pequeño salón comunal. En total serían 1.050 metros cuadrados construidos, unos 26,25 por familia, dentro de un lote de aproximadamente 1.800 metros que dejaría espacio para zonas verdes.


La casa de muñecas y otras formas de esperanza


Entre los detalles técnicos aparece uno que desarma cualquier frialdad de plano arquitectónico. En el patio de cada albergue, a escala de niños, iría una casa de muñecas, réplica de la vivienda que algún día tendrán. Es un símbolo, dice la propuesta, de la unidad y la esperanza que estas comunidades necesitan, y también una manera de recordarle a la infancia que la espera tiene destino.


La idea de fondo es que un albergue no funciona solo con paredes. Por eso el plan contempla un censo de los habitantes para agruparlos por núcleos familiares y por oficios, y así organizar brigadas que construyan el lugar y luego lo sostengan, con tareas de aseo, cocina, vigilancia, guardería y organización. Todo ese trabajo sería remunerado cada semana, con recursos estatales o privados canalizados por los municipios, para devolverle a las familias algo de la capacidad económica que les arrebató el desastre. Detrás de cada albergue trabajaría un equipo de un maestro de obra, cuatro oficiales, un auxiliar de arquitectura, dos trabajadoras sociales y un arquitecto director.


Lo que se necesita de los municipios


El modelo depende, y así lo reconoce el documento, de la mano de las alcaldías. Son ellas las que deben conseguir lotes libres y de fácil acceso, con posibilidad de llevar agua potable y conectarse a las redes sanitarias, y las que deben garantizar la energía, el gas, la recolección de basuras y la continuidad de las ayudas del Estado. Sin ese respaldo permanente, advierte la propuesta, el albergue se queda en una promesa de madera.


A todo esto se suma una apuesta pedagógica que Hernández Rueda considera tan importante como la construcción. Se trata de sembrar en adultos y niños una nueva cultura sísmica, con respeto absoluto por las normas antisísmicas, conocimiento de cómo actuar en una emergencia y cumplimiento riguroso de cada proceso constructivo. Cerrando su documento, el arquitecto deja una frase que resume su convicción: reconstruir una ciudad también significa reconstruir la confianza de quienes la habitan.


Una experiencia que hoy solo cuenta su autor


Hay que decirlo con claridad para no engañar al lector. Hernández Rueda asegura que el modelo fue exitoso en Armenia en 1999 y que el FOREC, las autoridades de la época y muchos habitantes que aún lo recuerdan pueden dar fe de ello.


Es un testimonio valioso y verosímil, pero por ahora es el suyo, y una evaluación independiente de aquellos albergues permitiría saber qué funcionó, qué no y qué habría que ajustar frente a una emergencia distinta.


Una respuesta que llegó, pero sin compromiso


La carta enviada a la Presidencia recibió contestación desde el Grupo de Democracia y Participación Ciudadana. Una asesora le agradeció su interés, le informó que se tomó atenta nota de sus comentarios y recomendaciones, y valoró su participación como un aporte a una administración más eficiente y cercana. Es una respuesta cortés, pero no anuncia estudio técnico, reunión ni decisión sobre el modelo. La propuesta fue recibida, no acogida.


Mientras tanto, la pregunta sigue en pie para miles de familias que esperan bajo un techo prestado. Si la reconstrucción tomará años, ¿quién les garantiza un lugar digno para vivir mientras llega? Puede que la respuesta no esté en la guadua ni en un arquitecto solo, pero un país que ya aprendió de Armenia tiene la obligación de escuchar a quienes estuvieron allí.

 
 
 

1 comentario

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María Andrea
30 sept
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Qué increíble historia. 👍👍

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