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El Tolima y el ciclismo colombiano despidieron a un sembrador de sueños sobre ruedas

  • Foto del escritor: Tatty Umaña G
    Tatty Umaña G
  • 14 abr
  • 3 Min. de lectura

Una seguidora y gran amiga de este medio, Martha Cano del Centro de Belleza Karolin's al conocer del fallecimiento de esta gloria del ciclismo nos dijo: "Más que una despedida, a Josué se le debe dedicar un gran homenaje a una vida que impulsó el ciclismo tolimense, al ser humano maravilloso que fue. Yo quiero a través de tu medio enviar una condolencia muy sentida a su familia y abrazarlos con amor, se que el vacío que queda es inmensamente grande, él abarcaba mucho. Que Dios lo reciba en el cielo y que a su familia le de tranquilidad en el alma para superar está gran pérdida".


El Tolima no solo despidió a un hombre. Despidió a una historia viva del deporte, a un formador incansable y a un líder que entendió el ciclismo como una herramienta de transformación. Las exequias de Josué López Mejía se cumplieron este lunes en Ibagué, en medio de un profundo sentimiento de gratitud por todo lo que sembró en vida.




El hombre detrás del ciclista


Más allá de las victorias, los cargos y los reconocimientos, Josué López Mejía fue, ante todo, un hombre de familia. Un ser humano cercano, de valores firmes y profundamente comprometido con quienes construyeron su vida desde lo más esencial: el hogar.


Durante más de 33 años compartió su vida con Sol Yolanda Fernández Soler, su compañera desde la juventud, con quien construyó una historia marcada por el amor, la complicidad y el respaldo mutuo. Juntos recorrieron no solo los caminos del deporte, sino también los desafíos y alegrías de la vida cotidiana, consolidando una unión que fue testigo silencioso de sus mayores logros.


De ese amor nacieron sus hijos, Josué López Fernández, de 32 años, y Jonatan López Fernández, de 30, quienes crecieron viendo en su padre no solo a un deportista ejemplar, sino a un guía, un referente y un apoyo constante. En casa, lejos de las competencias, fue un hombre presente, de palabra y de afecto.


Hoy, el vacío que deja en su familia es inmenso. Pero también lo es la huella que sembró en cada uno de ellos: una vida construida con esfuerzo, amor y propósito, que trasciende cualquier despedida y se convierte en legado eterno.


Un nombre que se construyó en la carretera


Hablar de López Mejía era hablar de una generación que hizo grande el ciclismo colombiano desde el esfuerzo silencioso. En los años 80 y 90, su pedal marcó diferencia en las rutas nacionales, consolidándose como un escalador de respeto y disciplina.


Su consagración en la Vuelta de la Juventud de 1987 no solo fue un triunfo deportivo: fue la confirmación de un talento que representó con orgullo al Tolima y que inspiró a muchos jóvenes a creer que desde la región también se podía soñar en grande.


El verdadero campeón: el que forma


Pero si algo definió su vida no fue únicamente lo que logró como ciclista, sino lo que construyó después. López Mejía entendió que el deporte no termina en la meta, sino que se multiplica en quienes vienen detrás.


Como entrenador, dejó huella al coronarse campeón de la Vuelta al Futuro en 2011, demostrando que su visión iba más allá de la competencia: apostaba por procesos, por disciplina y por el crecimiento integral de sus dirigidos.


Muchos de los ciclistas que hoy ruedan en el país pasaron por su mirada exigente pero cercana, por su capacidad de motivar y por su convicción de que el talento debía acompañarse siempre de carácter.


Dirigente, gestor y voz del ciclismo regional


Su liderazgo también trascendió lo deportivo. Desde la Liga de Ciclismo del Tolima, que presidió entre 2014 y 2018, impulsó procesos organizativos, fortaleció competencias y defendió el desarrollo del ciclismo en el departamento.


Fue un dirigente que no se quedó en el escritorio: conocía la carretera, entendía a los deportistas y trabajaba con la convicción de que el Tolima debía seguir siendo cuna de grandes ciclistas.


Más allá de la ausencia, queda el camino


Ayer no solo se cerró un ciclo. También se reafirmó el impacto de una vida que seguirá presente en cada joven que sube una montaña, en cada entrenador que cree en los procesos y en cada carrera donde el Tolima dice presente.


El ciclismo colombiano no solo pierde a un ex ciclista. Honra a un formador, a un líder y a un hombre que convirtió su pasión en legado.


Porque hay nombres que no se apagan: simplemente siguen rodando en la memoria colectiva.


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