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EDITORIAL by Tatty Umaña: En Colombia, protestar contra el Gobierno sí tiene precio

  • Foto del escritor: Tatty Umaña G
    Tatty Umaña G
  • hace 3 días
  • 4 Min. de lectura

Esta Editorial podría titularse de muchas otras maneras:

  • Trabajar para el Estado no es obediencia ciega

  • Cuando protestar se convierte en pecado para el poder

  • Protestar sí, pero no así: el doble rasero del poder frente a los maestros

  • Entre la obediencia y la dignidad: el pulso que el Gobierno no quiere reconocer

  • Cuando disentir incomoda

  • Maestros en la mira de un Gobierno que no tolera el disenso


Y en todas sus formas no hay una sola que llegue a justificar lo que ha sucedido a los maestros que "osaron" salir a reivindicar el sagrado derecho constitucional a un servicio de salud digno.


Hay silencios que pesan más que los discursos y decisiones que, aunque revestidas de formalidad institucional, dejan al descubierto una verdad incómoda: en Colombia, en la actualidad, la protesta parece tener valor solo cuando aplaude al poder. Cuando incomoda, cuando cuestiona, cuando desnuda lo que no funciona, entonces se convierte en un problema a controlar, en una cifra a registrar, en una anomalía que debe ser corregida.


Lo ocurrido tras el paro nacional docente del 14 y 15 de abril no es un simple trámite administrativo del Ministerio de Educación. Es, en esencia, un mensaje político. Uno que deja entrever que las manifestaciones solo son legítimas si coinciden con la narrativa del Gobierno de Gustavo Petro. Lo demás, al parecer, debe ser medido, clasificado y, eventualmente, neutralizado.


El derecho a protestar, pero solo si conviene


El documento enviado a las secretarías de Educación del país no se limita a evaluar el impacto académico del paro. Va más allá. Solicita identificar quiénes participaron, quiénes no asistieron, y en qué porcentaje se afectó la prestación del servicio. En apariencia, podría tratarse de una medida técnica, incluso lógica dentro de la gestión pública. Pero el contexto lo cambia todo.


Porque esta no fue una protesta cualquiera. Fue una movilización impulsada por docentes que, cansados, decidieron alzar la voz contra lo que consideran una crisis en su sistema de salud, incumplimientos del Gobierno y condiciones laborales que distan mucho de ser dignas. Es decir, no marcharon por capricho, marcharon por necesidad.


Y es allí donde surge la contradicción. ¿Por qué cuando las calles se llenan para respaldar reformas oficiales hay aplausos, logística, incluso acompañamiento institucional, pero cuando el motivo es exigir derechos, la respuesta es un conteo minucioso de ausencias?


FECODE: entre la lealtad y la realidad


La FECODE enfrenta hoy un dilema que no puede seguir evadiendo. Durante años, su cercanía con quienes gobiernan en la actualidad fue evidente. No es un secreto que muchas de sus banderas coincidían con el proyecto político que hoy dirige el país. Que sus votos incidieron altamente con la elección de Gustavo Petro. Sin embargo, la realidad ha comenzado a resquebrajar esa relación.


Los docentes, históricamente considerados un gremio con conquistas importantes, hoy denuncian que han sido utilizados como campo de prueba. El sistema de salud del magisterio, que en su momento fue un referente diferencial, ha sufrido transformaciones que, lejos de fortalecerlo, han generado incertidumbre y malestar.


Y mientras tanto, la presión para participar en movilizaciones afines al Gobierno, firmar listados y respaldar iniciativas, ha sido constante. Una dinámica que hoy pasa factura, porque cuando la protesta cambia de dirección y apunta hacia el mismo poder que antes se respaldaba, el trato también cambia.


Cuando el control sustituye al diálogo


Solicitar reportes detallados sobre la participación en el paro no es, en sí mismo, un acto ilegal. Pero sí es profundamente revelador. Revela una forma de gobernar que prioriza el control sobre el diálogo, la estadística sobre la escucha, la reacción sobre la reflexión.


Porque más allá de saber cuántos docentes faltaron, lo verdaderamente urgente es entender por qué lo hicieron. ¿Qué está fallando en un sistema que obliga a quienes educan a detener su labor para ser escuchados? ¿Qué mensaje se le envía al país cuando el énfasis no está en resolver las causas del paro, sino en medir sus consecuencias?


Educar en democracia… o en obediencia


Colombia enfrenta un momento crucial. No solo por las reformas en curso, la presión por las elecciones, sino por la manera en que se están gestionando las diferencias. La educación, pilar de cualquier sociedad, no puede convertirse en un escenario de obediencia forzada ni en un espacio donde disentir tenga costos implícitos.


Los docentes no son fichas en un tablero político, que cada cuatro años desempolvan para lograr sus objetivos. Son formadores de pensamiento crítico, constructores de ciudadanía, voces que, precisamente por su rol, deben tener la libertad de cuestionar sin temor.


Hoy más que nunca, FECODE necesita mirarse hacia adentro, recuperar su independencia y recordar que su lealtad debe estar con los maestros, no con ningún gobierno. Y el Ministerio de Educación, por su parte, tiene la oportunidad de demostrar que gobernar no es solo dirigir, sino también escuchar, corregir y respetar.


Porque cuando protestar se vuelve incómodo para el poder, lo que está en juego no es solo una política pública, es la esencia misma de la democracia. Ya probaron que estos Gobiernos de izquierda dan contentillos con una mano y con la otra meten el puñal.


Porque detrás de cada investigación hay historias que merecen ser rescatadas. Y detrás de cada red desmantelada, hay vidas que pueden volver a empezar.


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Lucia
hace 3 días
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Muy bien

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